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Halloween de 1996

Un relato basado en una experiencia real…

demasiado real para mi gusto.

31 de octubre de 1996

En mi casa estaba prohibido celebrar Halloween. Mis padres eran la cuarta generación de devotísimos católicos, así que Halloween era una cuestión pagana que no valía la pena ni mencionarse: «el culto al diablo», «el homenaje al mal», «cosas que llenan tu alma de negatividad». Para mí, con 7 años, era otra cosa: el día de caricaturas con temas tenebrosos y los dulces.

Nunca me dejaron salir a pedir dulces, porque eso habría atentado contra sus principios y porque esas «son costumbres agringadas sin sentido» y porque mis vecinos de un barrio de los más tradicionales del centro de la ciudad habían estallado en críticas hacia los padres que dejaban que una niña celebrara esas cosas del mal.

En fin, Halloween para mí era entonces ver caricaturas. Desde muy pequeña fui aficionada a las historias de misterio, así que Halloween era el día perfecto, porque además de los habituales misterios de Scooby Doo, todas las demás caricaturas tomaban un tinte fantasmagórico.

Ese día, después de almorzar, mis padres debían ir de compras. Recientemente habían abierto un negocio, así que debían ir a comprar mercadería y a cotizar unos productos, así que decidieron que yo me quedaría en casa, pues ellos estarían muy ocupados. En casa, vivía mi abuelita y mi bisabuelita. La bisabuelita tenía 96 años y desde que yo tenía memoria, había estado postrada en cama. Sus innumerables arrugas, su cabello blanco largo y sus manos que habían sido víctimas de una agresiva artritis hacían que la bisabuela estuviera a tono con el ambiente de Halloween.

Mis papás salieron y yo me serví un vaso de leche chocolatada y me acomodé en el sillón a ver caricaturas del especial del Día de brujas. ¿Qué más podía pedir? Aquello era un paraíso.

Habría transcurrido quizás un poco más de una hora y yo había visto por lo menos una decena de historias de terror, cuando mi abuela se asomó muy sobresaltada a la puerta de la sala.

—¿Dónde están tus papás? —preguntó muy agitada y con una evidente angustia pintada en el rostro.

—Salieron a hacer mandados —respondí mientras le bajaba volumen al televisor.

—¡Ay, Dios mío! No han regresado —se quejó la abuela y continuó —es que acaba de morir mi mamá.

Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Con apenas 7 años era la primera vez que alguien que vivía en mi casa moría. Sabía que era algo triste, pues había visto a mis padres lamentarse en algún funeral alguna vez y había visto gente llorar en las películas cuando moría uno de los personajes, pero ¿qué debía decirle a mi abuelita ahora que me decía con lágrimas en los ojos que su mamá había muerto?

—Ponete zapatos y vas a la casa de doña Julia a decirle que me ayude a rezar —dijo la abuelita y se dio la vuelta para regresar a la habitación donde estaba el cuerpo de la bisabuelita, pero ella ya no estaba.

Con mucha rapidez me puse los zapatos y apagué el televisor. Luego, salí a la calle. Yo sabía que doña Julia vivía más o menos a tres casas de mi casa, pero había al menos cuatro puertas que se miraban casi idénticas a excepción del color. Así que luego de dudarlo algunos instantes, volví a la casa y sin entrar a la habitación le dije a mi abuelita.

—Abuelita, no sé dónde vive doña Julia.

—¡Ay, Dios mío, patoja! —dijo la abuelita con la voz quebrada.  —Quedate aquí. Yo voy a ir a llamar a doña Julia.

Luego me tomó de la mano y me acercó a la cama donde estaba el cuerpo de la bisabuelita que ya sin vida lucía aún más tenebroso y hallowinesco.

—Rezale a mi mamá. No la vayás a dejar sola y no vayás a dejar de rezar hasta que yo regrese —dijo la abuelita mientras me entregaba un rosario en las manos. Luego salió y cuando escuché la puerta de la calle cerrarse, un miedo terrible se apoderó de mí.

Sentí como si la habitación se hubiera vuelto más oscura y tuve la sensación de que la bisabuelita me miraba, aunque ya no estuviera allí.

Quería salir corriendo. Quería ir a meterme a mi cama y ocultarme bajo las sábanas, pero la abuelita había dicho que no dejara a su mamá sola.

Eran alrededor de las 5 de la tarde y el viento alborotaba el árbol y las plantas que había en el patio. Comenzaba a oscurecer, pero yo no me animaba a encender la luz ni a hacer ningún movimiento que pudiera causar que el fantasma de la bisabuelita notara mi presencia.

Sin sentirlo, me fui alejando de la cama y me encontraba casi en la puerta de la habitación, apretando el rosario muy fuerte en la mano y respirando un poco agitada.

Mi abuelita no tardó mucho en volver. Habrá sido una cuestión de 20 minutos, pero a mí me pareció una eternidad en presencia del cadáver de una bisabuelita a la que yo únicamente había conocido postrada en cama.

Regresé corriendo a sentarme en el sillón y por alguna razón ya no tenía ganas de seguir viendo televisión, sino tenía ganas de llorar y de esconderme. Mis padres tardaban tanto en volver. ¿A quién podía contarle que la bisabuelita había muerto y que a mí me daba mucho miedo?

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El velorio de la bisabuelita fue en la casa. Llegaron mis tíos y mis primos y para nosotros, los más pequeños, fue motivo de alegría que nos dejaran estar despiertos hasta tarde contando historias de miedo. Yo sentía que era el mejor Halloween de mi vida.

Fotografía de Joanna Kosinska, de Unsplash

Unos días después del entierro de la bisabuelita Goya, mi mamá dijo que sería una buena idea que yo durmiera con mi abuelita para que no se sintiera tan sola por la ausencia de su mamá.  A mí la idea me pareció divertida, así que a la noche siguiente estaba en la habitación de mi abuelita con mi almohada y mi cobija de Mickey Mouse.

Después de rezar las oraciones de la noche y de lavarme los dientes, me metí a la cama y esperé que la abuelita apagara la luz. ¡Ojalá no lo hubiera hecho!

La abuelita apagó la luz, se acostó y el cansancio la venció. En cuestión de minutos ya estaba profundamente dormida. Yo, en cambio, que estaba de vacaciones y no tenía cansancio alguno permanecí despierta mucho más tiempo.

La ventana que estaba al lado de la cama daba directamente a la calle, así que la luz del alumbrado público se colaba por los espacios que dejaba la cortina y era posible distinguir varias cosas en la oscuridad, especialmente las numerosas imágenes y cuadros de santos que la abue tenía en su habitación.

No sé cuánto tiempo habría pasado desde que la abuelita se durmió hasta que vi que algo se movió al pie de la cama. No tenía mis lentes puestos y la habitación estaba en penumbra, así que tuve que esforzarme para ver de qué se trataba, pero ese «algo» pareció percibir mi esfuerzo por adivinar su silueta porque inmediatamente volvió la vista hacia mí.

Era como una mujer con un camisón blanco y el cabello negro bastante enmarañado. Pero en el lugar donde debían estar sus ojos no había sino dos espacios profundamente oscuros. No veía sus ojos, pero sabía que su mirada estaba fija en mí. Traté de quedarme quieta y traté de cerrar los ojos, pero no me era posible.

Mi mirada parecía molestarle a aquella mujer, pues alargó la mano y arañó mis piernas con fuerza.

Sacudí a mi abuelita para despertarla, pero yo no podía hablar y mi abuelita estaba muy cansada, como para escucharme, así que solo encendió la lámpara un par de minutos y me dio que la dejara dormir.

A la mañana siguiente, yo no recordaba nada de lo ocurrido. Sentía un ligero ardor en la pierna, pero no me explicaba por qué. Lo recordé únicamente cuando la noche siguiente, la visita de aquella terrorífica mujer me atormentó nuevamente.

Le conté a mi abuela lo que veía y ella me dijo que era mi imaginación, que era por estar viendo esas películas feas en la televisión y que era porque no rezaba, así que los rezos de la noche se intensificaron (cualquier excusa era buena para rezar, según mi abuelita).

A escondidas de mi abuela, tomé uno de sus rosarios y lo coloqué debajo de mi almohada.

No recuerdo exactamente cuántas veces ni por cuanto tiempo la horrible mujer se sentó al pie de la cama. Algunos días solo se desenredaba el cabello con sus largas uñas y me miraba con una sonrisa en el rostro. Otros días parecía enfurecerse de que yo la viera y me arañaba las piernas.

La última vez que la vi estaba acompañada de un hombre. Se sentaron ambos al pie de la cama; hablaban y de cuando en cuando volvían la vista hacia a mí. Una vista sin ojos, pero inequívocamente dirigida a mí.

En algún momento sentí cómo ambos me sujetaron las piernas y mi cuerpo completo se paralizó. Después de eso, no recuerdo nada más de esa noche.

A la noche siguiente, le dije a mi abuelita que ya no quería dormir con ella. La abuelita pareció aliviada, pues mis constantes quejas en la noche acerca de la mujer que se sentaba al pie de la cama se habían vuelto un fastidio que no la dejaba descansar.

Me sentí aliviada de volver a dormir en mi cama y dormí con la luz encendida durante algunas noches, hasta que olvidé por completo la sensación de temor que me producía la hora de dormir.

31 de octubre de 2001

Eran más o menos las 5:30 de la tarde y mis padres me estaban esperando para ir a la misa de año de la bisabuelita Goya. Mi familia, y creo que otras familias católicas, tienen esa tétrica costumbre de conmemorar el día en el que una persona falleció.

Yo estaba en mi habitación terminado de prepararme para salir, mientras mis padres insistían en que debía darme prisa, pues llegaríamos tarde a la misa. Pero bueno, arreglarse para salir a los 12 años, puede ser una tarea compleja.

Cuando ya estaba casi lista, me senté en la cama y me puse los zapatos. Me agaché para amarrármelos y cuando levanté la vista, en el espejo vi que detrás de mí estaba aquella mujer que hacía muchos años no veía: con su camisón blanco, su pelo enmarañado y esas sombras oscuras en lugar de ojos.

Di un grito que causó que mis padres que ya me esperaban en la puerta de la casa volvieran a ver qué sucedía.

Yo estaba temblando y no atinaba a explicarles a mis padres qué me pasaba. Papá se acercó a mí y sintió que yo estaba ardiendo en fiebre y que estaba sudando frío, así que decidió quedarse conmigo en casa, mientras mi mamá y mi hermano iban a la misa de la bisabuela.

Papá me dio una pastilla para la fiebre y me preguntó que desde qué hora me sentía mal.

—No sé — fue lo único que atiné a decirle y me metí a la cama. Me quedé dormida y fue hasta el día siguiente que logré contarles a mis padres lo que había ocurrido. También les conté que no era la primera vez que veía esa figura, sino que cuando era niña también la veía al pie de la cama de la abuela.

Papá, por supuesto, me vio escéptico y dijo que yo veía demasiadas películas de miedo y que mi imaginación me estaba traicionando.

Mamá, en cambio, me veía totalmente sorprendida y me preguntó que por qué no le había contado antes.

—Es una mujer con camisón blanco y que pareciera que no tiene ojos, ¿verdad? —me dijo mamá sombría —yo también la veía cuando dormía en la habitación de mi mamá —agregó.

Mamá, una devota católica, me compró una medallita de San Miguel Arcángel y me dijo que la usara siempre. Además, roció agua bendita en las cuatro esquinas de mi habitación.

Papá seguía creyendo que yo solo tenía demasiada imaginación.

31 de octubre de 2010

La ventaja de ya no vivir con mis padres era que ya no tenía que seguir sus reglas. (Aunque muchas de las culpas y limitaciones que me impusieron seguirían en mi subconsciente por muchos años, pero esa será otra historia). Así que ese Halloween, a mis 21 años, sería la primera vez que iría a una fiesta de disfraces.

Estaba en casa de Raquel, mi amiga de infancia, y nos estábamos peinando y maquillando para la ocasión. Yo me aplicaba labial negro y un delineado mucho más grueso y oscuro que el habitual. Yo sería una vampira y Raquel sería enfermera. Realmente la fiesta de disfraces era una excusa para usar ropa y maquillaje atrevido que en cualquier otra fiesta habría sido mal visto.

Habíamos pedido pizza para no salir con el estómago vacío. Así que cuando sonó el timbre, Raquel salió a recibir la comida y yo me quedé en la habitación retocando el maquillaje. Un movimiento en el espejo me hizo pensar que Raquel ya había vuelto con la comida (¡fantástico! porque estaba muriendo de hambre), pero al voltear a ver solo me encontré con la puerta que daba al corredor completamente vacío.

Al volver la vista al espejo, imagino que ya sabrán quién estaba allí. La mujer me veía y sonreía de esa forma que hacía que se me helara la sangre.

Ya estaba demasiado grande como para gritar. Así que solo me senté en la cama y traté de controlar el temblor que se apoderó de mi cuerpo.

En cuanto Raquel entró a la habitación con la pizza, supo que algo estaba mal. Se acercó a mí y notó que de mis ojos salían lágrimas que yo no atinaba a detener.

Después de algunos minutos de silencio y de que ella me trajera un vaso con agua, logré contarle qué había visto y que la figura no era para nada extraña.

Raquel no sabía si creerme o no. Quizás imaginó que sería alguna broma hallowinesca y que luego yo estallaría en risa diciéndole que lo había inventado todo, pero luego de algunos instantes comprendió que mi llanto y mi temor eran auténticos.

Me abrazó y me sirvió una copa con el licor que su abuela tenía «oculto» en la alacena.

—Mi abuela dice que esto quita el miedo. Tomátelo de un solo trago.

Así lo hice y durante la noche en la fiesta de disfraces tomé algunas otras copas para borrar de mi mente y de mi cuerpo la sensación que aquella imagen me causaba.

Fue la última vez que vi a esa mujer, pero desde entonces, cada Halloween cubro todos los espejos de la casa y me fijo en cada esquina, pues creo que en cualquier momento volverá a visitarme.

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Este año murió mi abuela, así que la próxima vez que vea a mi fantasma, estoy casi segura de que vendrá acompañado.

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