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Close-up Photography of Typewriter With Only a Writer Knows Text on Printer Paper
Foto por: Suzy Hazelwood, Pexels

Ese lunes había comenzado como todos los demás lunes, con la única diferencia de que ahora faltaba una semana menos para la fecha de entrega de la novela y no había comenzado a escribirla. No podía superar la mítica página en blanco. Bueno, de hecho, sí la había superado ya dos o tres veces, pero todos sus intentos le habían parecido inútiles, poco valiosos, faltos de creatividad, carentes de novedad, pobres de contenido y muchas otras locuciones peyorativas que había usado para justificar lanzarlos al cesto de basura… al del ordenador, claro. Era mucho más romántico cuando las hojas se lanzaban físicamente al cesto de basura después de un arrebato de rabia o frustración; presionar el botón «Eliminar» en la computadora no tenía el mismo efecto catártico.

A las 5:00 de la mañana había sonado la alarma. La había programado a esa hora, porque tenía la esperanza de que el lunes le brindara la motivación para comenzar una nueva rutina, una de esas que tiene la gente exitosa: hacer ejercicio, comer fruta y demás cosas saludables por la mañana, revisar los periódicos y el correo a primera hora y comenzar a escribir a las 8:00 en punto. Podía escribir 5 horas en la mañana, hasta la hora de almuerzo y otras 5 en la tarde. A ese ritmo terminaría la novela en dos semanas.

Pese al desborde de motivación del domingo por la noche, que lo había obligado a ir a la cama tarde por estar preparando el horario perfecto (con plan de comidas incluido) de la semana que comenzaba, la alarma fue pospuesta casi una decena de veces y la hora que en el horario había sido destinada la sesión de ejercicio, había terminado por ser una lucha constante con el aparato que pretendía forzarlo a levantarse. La sesión de ejercicio, sin embargo, no fue totalmente ignorada. Todas las veces que pospuso su despertador lo hizo planificando cómo hacer su rutina de ejercicio más breve y efectiva. En su estado de media conciencia, incluso imaginaba como en solo media hora completaba las 10 vueltas a la pista peatonal que estaba cerca de su apartamento. También trataba de justificar cómo debía continuar descansando para rendir al máximo en su rutina de ejercicio.

No fue el despertador quien lo obligó a levantarse, sino el insistente sonido del timbre. Era el personal de recolección de basura. Pensó ignorarlos y continuar durmiendo, como había hecho los días anteriores, pero la basura tenía más de una semana de estarse acumulando dentro del apartamento. Se levantó, malhumorado, se puso la bata, trató, sin éxito, de arreglarse el cabello y se dirigió, sin lavarse la cara, a la salida principal del edificio a dejar la basura (pues llegó demasiado tarde para colocarla en el contenedor del corredor). Sintió las miradas juzgonas de los vecinos, que ya completamente despiertos, duchados y trajeados se dirigían a sus estables y aburridos trabajos de oficina. También el personal de la limpieza y de la recolección de basura parecía juzgarlo y tenían razón, pues ellos estaban trabajando, quizás desde antes de que sonara por primera vez su despertador. A veces deseaba tener un trabajo así, que lo obligara a cumplir un horario. Eso de tener un horario flexible no era para él, no lo merecía.

Eran las 7:00 de la mañana. Ya no era hora de hacer ejercicio, perdería mucho tiempo si salía a correr en ese momento y perdería el impulso del trabajo creativo de la mañana. Sin embargo, todavía tenía tiempo de desayunar, pero antes, revisaría las redes sociales para ver si algún amigo le había escrito o si existía algo que pudiera servirle de inspiración para escribir. Los que pretendían ser diez minutos en las redes sociales, se convirtieron en 40 y el tiempo del desayuno, se diluyó entre eso y una ducha que duró mucho más de lo necesario.

8:30 de la mañana. Podía aún empezar a trabajar a una buena hora. Solo iba media hora atrás de su horario, habiendo omitido el ejercicio y el desayuno. No podía comenzar sin una taza de café, claro está. Así que preparó el café y sacó unos panes que con 30 segundos en el microondas fueron de nuevo comestibles. Estaba claro que la fruta, los jugos y las cosas saludables esperarían para otro día.

A veces pensaba que debería dejar de esforzarse por llevar un estilo de vida saludable, ordenado y disciplinado y debería aceptar que era un bohemio con costumbres autodestructivas, porque era un artista… bueno, eso si lograba terminar esta novela. Si no la terminaba, no podría ser un artista bohemio, sino solo un fracasado falto de disciplina.

¡Bueno, ya estaba! Era hora de comenzar a escribir.

Encendió el ordenador y se disponía a comenzar a revisar nuevamente las redes sociales mientras esperaba que e sistema operativo arranara, cuando sonó el timbre. Esto lo tomó completamente por sorpresa, pues nadie venía nunca a buscarlo, menos un lunes por la mañana. Lo más seguro es que se trataba de un vendedor, así que decidió ignorar el timbre y disponerse a escribir. Pero pasaron pocos segundos hasta que el timbre sonó nuevamente, esta vez con cierta insistencia.

Un poco molesto se levantó con el objetivo de averiguar quien era el abusivo que tocaba el timbre con tal insistencia. Presionó el botón del intercomunicador y con voz enérgica preguntó: “¡¿Quién es?!” No hubo respuesta y esto solo aumentó su irritación.

Estaba ya regresando a la mesa del comedor, pues en el escritorio no había espacio para trabajar, cuando escuchó golpes en la puerta. Se detuvo y se volvió hacia la puerta, dudando de abrir. Volvió a preguntar “¡¿Quién es?!” y de nuevo la respuesta estuvo ausente. Los golpes en la puerta sonaron de nuevo y ya sumamente irritado, se decidió a abrir la puerta. En cuanto abrió, un sonriente y simpático muchacho lo saludó efusivamente. Al ver el ridículo entusiasmo del joven un lunes por la mañana, nuestro escritor se convenció de que se trataba de un vendedor. Sin embargo, el muchacho se abrió paso hacia el interior del apartamento, como si fuera un amigo o una persona de confianza.

—Un momento, ¿qué hace en mi casa? —preguntó el escritor molesto ante el exceso de confianza del intruso.

—¡Tranquilo, querido Bobby! Es lunes, ¿acaso olvidaste nuestra cita? —preguntó el muchacho mientras se acomodaba en el poco espacio que quedaba libre en el sofá, que se encontraba ocupado por revistas, libros y un ordenador viejo.

—No recuerdo haber tenido una cita con nadie y nadie me dice Bobby. Soy Roberto —replicó ya bastante alterado el escritor.

—Eso es porque nadie te conoce como yo, Bobby —dijo el muchacho mientras se levantaba del sofá y se acercaba al escritor para darle una palmada en la espalda. —Pero, vamos, no estés allí parado, porque tenemos mucho qué hacer, ¿ya tomaste café? Yo me muero de ganas por un buen cappuccino. ¿Tienes cappuccinera? Porque si no, yo te puedo enseñar un método para espumar la leche, solo con un tenedor. Podemos buscarlo en YouTube —continuaba parloteando el joven mientras se dirigía a la cocina.

—¡Eh! ¿A dónde vas? —gritó exasperado el escritor—. ¡Largo de aquí! No sé quién seas, no me interesa y tengo que trabajar, así que, ¡fuera!

—Claro que tienes que trabajar. Precisamente por eso estoy aquí. La novela es para dentro de tres semanas y no has escrito ni una sola página.

En ese momento, la rabia del escritor cambió a sorpresa, duda y curiosidad. ¿Quién era este muchacho al que él no conocía, pero quien parecía conocerlo a él: sabía su nombre y sabía que estaba escribiendo una novela que no lograba siquiera arrancar? ¿Y si era alguien de la editorial a quien habían enviado para verificar los avances? ¿Y si esa era una afirmación capciosa a la que debía responder con una negativa y decir: «claro que he escrito, de hecho, estoy por terminarla»? Pero si le pedían evidencias, no tenía ni una sola página qué mostrar.

—¿Listo, campeón? Preparemos el café —dijo el joven, sosteniendo una taza en la mano y con la otra, conduciendo al escritor a la cocina. —Debo decir que tu cocina es un desastre —continuó— deberíamos limpiarla antes de preparar el café. ¡Es inhabitable!

—Mira, no tengo tiempo para esto. De verdad necesito comenzar a trabajar —dijo el escritor sin lograr aún ordenar sus ideas para preguntarle al desconocido qué hacía allí.

—Escucha, Bobby —dijo el joven de modo condescendiente— todo buen escritor debe tener rituales matutinos y el mejor de ellos, es prepararse una buena taza de café que le permita activar su cerebro y darse el gusto de una bebida de calidad que lo motive a trabajar. Pero ningún tipo de ritual, ni el más macabro, se podría llevar a cabo en este desastre de cocina. Así que, ¡vamos! Comencemos con lavar los platos.

—¡No, no, no! Antes de cualquier cosa, necesito saber quién eres tú y qué haces aquí —dijo el escritor arrebatándole al muchacho la taza de la mano.

—¡Vamos, Bobby! No actúes como si no me conocieras… soy el mismo de siempre.

El silencio del escritor y su mirada inquisitiva obligaron al muchacho a dar una explicación.

—Soy tu bloqueo de escritor —dijo el joven con una sonrisa.

—¿Mi qué? —preguntó el escritor sin saber si enojarse, reír u ofenderse ante esa absurda afirmación—. Es lo más ridículo que he escuchado en la vida. Luego, añadió —Mira, no sé quién seas ni qué quieras de mí, pero necesito que te vayas inmediatamente.

—¡Eh! Ya te dije que soy tu bloqueo de escritor. ¿No me crees? —dijo el joven, quizás un poco ofendido ante la incredulidad del escritor.

—No, no te creo —respondió lacónico el escritor.

—¿Por qué? ¿No crees que exista el bloqueo de escritor? —inquirió el muchacho.

—¡Sí, creo que existe, por supuesto! Pero no creo que se trate de una persona —replicó el escritor.

—¡Claro que no! El bloqueo de escritor no es UNA persona. Cada escritor tiene su propio bloqueo y yo soy el tuyo —sonrió el joven.

—No. No es posible que seas tal cosa y tampoco me interesa quien seas en realidad—dijo el escritor —lo que sí sé es que necesito que te vayas para comenzar a escribir.

—Tengo dos puntos: uno, no te creo cuando dices que no te interesa saber quién soy. Eres escritor. Mi historia podría resultarte interesante y hasta útil para alguna de tus narraciones —dijo el muchacho maliciosamente—. Y dos: precisamente porque debes comenzar a escribir es que yo debo quedarme.

El escritor suspiró resignado:

—¿Qué puedo hacer para que te vayas?

—Limpiemos la cocina, preparémonos un buen café y luego de eso prometo que me voy —dijo el muchacho alzando la mano derecha en señal de juramento—. ¡De verdad, lo prometo! —añadió ante la mirada desconfiada del escritor.

Comenzaron a lavar los trastos y a arreglar la cocina con la esperanza de que esto hiciera que el intruso se marchara. Realmente era el escritor quien realizaba las tareas mientras el muchacho lo observaba, le contaba anécdotas divertidas y supervisaba el trabajo. Lavaron los platos, limpiaron la estufa y el desayunador y hasta organizaron el cajón de los cubiertos y la estantería de ollas que llevaban meses siendo postergados. Luego, prepararon el cappuccino, luego de buscar en YouTube el método para montar la leche con un tenedor y se dispusieron a beberlo.

Al escritor le molestaba que este muchacho estuviera en su casa, pero le molestaba aún más que la compañía del joven le resultara tan agradable y que tuvieran tanto de qué conversar de manera tan amena. Hasta sentía un poco de tristeza, porque en cuanto terminaran el café, el joven se marcharía, pero era necesario. Él tenía que comenzar a escribir. 

Estaban bebiendo los últimos sorbos de café, cuando los ojos del muchacho se fijaron en la ventana que daba hacia el patio.

—¿Eso que tienes allí afuera es albahaca? —preguntó— ¿Hace cuánto no la riegas? —añadió antes de que el escritor pudiera responder—. La albahaca es una de las plantas que más agua requieren. Tienes que regarla de inmediato.

—No —dijo el escritor— la riego más tarde. Ahora tú te debes ir y yo me debo sentar a escribir.

—¿Es en serio? —preguntó el muchacho— ¿Te vas a sentar a escribir en paz mientras sabes que esta planta afuera se está muriendo, porque no pudiste tomarte dos minutos para regarla? —preguntó retóricamente mientras abría la puerta del patio—. ¡Por Dios! Si son muchas plantas. Las tenemos que regar de inmediato.

—¡No! Dije que lo voy a hacer más tarde. Tú ahora debes marcharte como prometiste —dijo el escritor mientras se sentaba frente a la computadora.

—Más tarde habrá demasiado sol para regar las plantas. Debes hacerlo ahora —dijo el joven—. Además, yo había prometido marcharme antes de ver a estas pobres plantas que se mueren de sed.

Y mientras decía esto, llenó un jarrón de agua y se dirigió al patio.

El escritor, mientras tanto, estaba poniendo todo su empeño en ignorarlo, hasta que oyó el jarrón caer al piso y hacerse añicos.

—Pero ¿qué estás haciendo? —gritó el escritor en cuanto salió al patio.

—¡Perdón! Pero por eso debías hacerlo tú —se justificó el muchacho—. Mira, riega las plantas y basta. Yo me marcho.

—Lo mismo dijiste antes de hacer el café —respondió el escritor.

—Sí, pero no había visto las plantas.

—Y luego encontrarás algo más con qué chantajearme antes de marcharte y esto no se terminará nunca hasta que llegue la noche y me sienta culpable por no haber escrito nada hoy y entonces me quede trabajando hasta tarde para tratar de aprovechar un poco el tiempo. Y eso hará que me levante tarde mañana y quizás de nuevo vengas tú a importunarme.

—Veo que empiezas a entender cómo funciona mi trabajo —dijo el muchacho con una sonrisa de satisfacción—. Pero no, hoy seré bueno contigo y en cuanto termines de regar las plantas, yo me marcho. ¡Es en serio!

Nuevamente, el escritor suspiró resignado y comenzó a regar las plantas. Mientras lo hacía, aprovechó para retirar un poco de maleza de las macetas y a barrer el patio donde estaban las plantas. Estaba a punto de terminar, cuando apareció el muchacho en la puerta, con el teléfono en la mano.

—Es tu madre, quiere hablarte —le dijo— Mientras regabas las plantas me tomé la libertad de llamarla, porque hace muchos días no hablas con ella.

El escritor estaba a punto de insultar al joven cuando oyó que del auricular salía la voz de su madre: «Bueno, hijo. ¡Qué bueno que me llamas!»

La charla con la madre duró al menos una veintena de minutos, que el joven utilizó para inspeccionar toda la casa, hojear los libros e inventariar el refrigerador.

Cuando el escritor terminó su conversación telefónica, el muchacho lo convenció de prepararse un bocadillo, porque ya era hora de la refacción. Luego, lo obligó a ordenar el dormitorio y la sala, porque las ideas solo fluyen en un espacio ordenado. Más adelante, lo instó a enviar su currículum vitae a dos compañías, porque el trabajo de escritor era muy inestable y mal pagado. Después lo motivó a buscar un apartamento más espacioso, pues un lugar más cómodo lo inspiraría más a escribir. Incluso concertó algunas citas para ver los apartamentos durante la semana. Por último, lo había convencido de enviarles mensajes a algunos amigos con los que no conversaba hacía mucho tiempo, pues si iba a vender libros, necesitaría contactos y un público lector.

Después de todo esto, naturalmente había que comer, porque hacía un buen tiempo se había pasado la hora del almuerzo y luego del almuerzo, debían tomar el café de la tarde para poder trabajar.

Eran más de las tres de la tarde cuando el escritor por fin se sentó frente a la computadora y el muchacho se sentó frente a él, extrañamente muy tranquilo. El joven puso los codos sobre la mesa, apoyó el mentón en las manos y al cabo de unos minutos, comenzó a bostezar. No pasó mucho tiempo antes de que el escritor se sintiera somnoliento.

—Deberías tomar una breve siesta —sugirió el muchacho— una mente cansada no puede ser creativa.

—No he trabajado nada en todo el día, no puedo descansar ahora —dijo el escritor sin despegar la vista de la pantalla, aunque realmente no estaba escribiendo nada.

—Sí, pero pasarás horas viendo la hoja en blanco, porque tu cerebro está desconectado —argumentó el joven—. Si inviertes media hora en descansar, podrás trabajar mejor y más rápido después. Es una inversión, no es una pérdida de tiempo.

—No, no lo voy a hacer. Me voy a quedar aquí sentado hasta que se me ocurra algo para comenzar a escribir —dijo el escritor con tono de capricho.

—Como quieras —respondió el joven—. Yo mientras tanto voy a poner un poco de música que nos guste a ambos.

—No puedo trabajar con música —dijo el escritor.

—Lo sé —dijo sonriendo el muchacho.

Ante esta provocación, el escritor se levantó rápidamente dando un manotazo en la mesa. Se acercó al muchacho y lo tomó por los hombros.

—¡No, ya no te soporto! Tienes que largarte de aquí. Me has dicho veinte veces que te irás y sigues aquí. ¡Lárgate! —gritaba el escritor sacudiendo al muchacho con violencia.

—Lo siento —respondió el joven un poco asustado ante la reacción del escritor—. Este es mi trabajo. Tengo que quedarme aquí hasta que termine mi horario. Así como tú tienes un horario, yo también tengo uno.

—¡Imposible! ¡Imposible! —decía el escritor mientras negaba con la cabeza y caminaba de un lado a otro de la sala. Luego dirigiéndose al joven preguntó—: Y supongamos que es cierto que tienes un horario que cumplir… ¿hasta qué hora debes quedarte aquí?

—Bueno, no se trata de un horario fijo —dijo el joven —. Debo quedarme hasta que sea demasiado tarde para que tú comiences a escribir.

—¡Ahhhh! —gritó el escritor mientras golpeaba los cojines del sofá.

—La verdad es que siento un poco de pena por los dos—dijo el muchacho—. Yo sé que mi trabajo te causa inconvenientes, te incomoda y no te deja trabajar, pero este fue el trabajo que me tocó. Debía elegir entre esto y vender tarjetas de crédito y bueno, al menos en este trabajo conozco personas interesantes.

El escritor se sentó sumamente frustrado en el sofá y puso el rostro entre las manos:

—¿Hay algo que pueda hacer para que te marches ya? —preguntó.

—Me temo que no —respondió el joven— pero podemos aprovechar el tiempo y hacer algo divertido juntos.

El escritor ni siquiera levantó la mirada. Se quedó un momento con el rostro entre las manos mientras el muchacho revisaba los títulos de su librera. Mientras lo observaba, pensaba que lo odiaba y al tiempo no podía odiarlo. Era un buen sujeto y al final de cuentas, según él decía, solo estaba cumpliendo con su trabajo. Tal vez si no lo hubiera conocido en estas circunstancias, hasta habrían podido ser amigos, porque parecía ser un sujeto interesante.

—¡Eso es! —dijo de pronto levantándose enérgicamente del sillón. Se dirigió rápidamente a la mesa y comenzó a escribir.  

El muchacho lo siguió de inmediato y se paró detrás de él para leer en la pantalla lo que escribía. Con base en experiencias anteriores, el impulso creativo del escritor no duraría mucho. Es más, quizás ni siquiera superaría las dos páginas.

En la pantalla se leía:

«El día que Roberto conoció a su bloqueo de escritor, se sorprendió ante lo simpático y a la vez fastidioso que podía ser. Ese lunes, había comenzado como un lunes cualquiera…»

—Espera un momento —dijo el muchacho—. ¿Qué haces? No puedes escribir sobre mí.

—Lo estoy haciendo —respondió el escritor sin quitar los dedos del teclado.

«Aparentemente al bloqueo le molestaba que Roberto escribiera sobre él, porque si Roberto comenzaba a escribir, estaría en riesgo de perder su empleo como bloqueo o peor aun… ¡de desaparecer!»

—¡Detente, por favor! —dijo en tono casi suplicante el joven—. No te servirá de nada escribir sobre mí, porque no tengo nada que ver con el tema de la novela que tienes que escribir.

«Quizás escribir sobre su bloqueo no le resultaría particularmente útil para la novela, pero Roberto sabía que una vez que comenzara a escribir sobre cualquier tema, podría continuar con esa racha. ‘Para comer, rezar [y escribir], solo basta empezar’ decía su abuela…»

—Por favor, Bobby, ¿de verdad vas a caer en las frases hechas y los lugares comunes? —preguntó el joven en un intento de desanimar al escritor.

«El bloqueo puntualizó la falta de calidad de las frases hechas, pero por tratarse de un ejercicio, el escritor se permitió incluir algunas. Luego tendría tiempo de releer y de corregir, ahora lo importante era no detenerse y continuar escribiendo…»

—¿En serio vas a escribir todo lo que diga? —preguntó el joven sin obtener más respuesta que las palabras escritas en la pantalla.

«El bloqueo le preguntó al escritor si verdaderamente estaba dispuesto a escribir todo lo que él dijera; el escritor lo estaba, pues había encontrado en el bloqueo una fuente casi inagotable de materiales de escritura».

—¡Basta!

«—¡Basta! —dijo el bloqueo sentándose detrás del escritor y cruzando los brazos como evidente señal de desesperación».

—¿También vas a escribir todo lo que hago? —preguntó el joven sin descruzar los brazos.

«El bloqueo comenzaba a exasperarse preguntándose si todo lo que hiciera sería plasmado en la página del escritor».

—No estoy exasperado.

«Aunque lo negaba…»

—Está bien, tú ganas. Me marcho. Pero ten por seguro que pronto volveré y no será tan fácil deshacerse de mí.

«En algún momento, el bloqueo se marchó del apartamento del escritor, pero este no pudo escuchar cuando se despedía, pues había comenzado a escribir una historia fascinante, de la que no podría desprenderse, sino hasta que fuera demasiado tarde para que un nuevo bloqueo apareciera».