Tuve un sueño terrible

Por Becky Muralles

Soñé que salías del trabajo, como siempre a las 5:10, que caminabas hacia la parada del autobús, con tus zapatos de taco alto haciendo un sonido exquisito al caminar. Soñé que abordabas el autobús y bajabas en la estación de Los Arcos. Soñé que ibas al supermercado a comprar lo necesario para preparar la cena y que luego caminabas hacia tu casa, en aquella calle oscura, cubierta con sombras de árboles que por la noche toman una apariencia mística. Soñé que tu cara era de temor al caminar por aquella calle y que aunque no lo supieras, sino solo lo sospecharas, lo temieras y desearas que no fuera cierto, alguien te observaba desde las sombras y te seguía hacía rato.

Soñé que estabas nerviosa al buscar las llaves para entrar a tu casa y que en la penumbra tenías que identificarlas únicamente al tacto. Soñé que dentro de la vivienda te sentiste a salvo y que te persignaste como agradeciendo a Dios que te hubiera protegido de aquel corto pero atemorizante trayecto.

Soñé que te despojabas de los zapatos de taco alto y de las medias y que te ponías unas pantuflas y te soltabas el cabello, te dirigías a la cocina para preparar la cena aunque tu intuición te decía que alguien, continuaba observándote.

Soñé que ponías un poco de música para callar tu intuición y que cortabas unos vegetales para la comida. Los cuchillos son peligrosos querida, no se deben dejar tan a mano.

Soñé que mientras cantabas ya un poco más relajada, al ritmo de la música, alguien llamó a tu puerta. Con un poco de extrañeza, pues no acostumbrabas recibir visitas vespertinas, bajaste el volumen de la música para asegurarte de que habías escuchado bien. El timbre volvió  a sonar y te asomaste por el visor de la puerta a ver quién era.

Era alguien conocido, así que no dudaste en abrir la puerta. “¿Qué haces aquí?” le preguntaste bastante sorprendida.

Te dijo que te había seguido desde el trabajo, que lo había hecho durante varios días porque estaba perdidamente enamorado de ti. Te reíste, quizás inocentemente, quizás de manera nerviosa, pero esto enfureció a tu pretendiente. Para agravar la situación dijiste que eso no tenía sentido, que te conocía muy poco y que no podía estar enamorado de ti. Dijiste además que tu divorcio era muy reciente y que no querías involucrarte en una relación tan pronto.

No debiste decir eso, querida. Debiste decir algo más amigable, debiste ser más accesible, debiste acceder al amor sincero de aquel que te odió con la misma intensidad que hacía cinco minutos te amaba.

Los cuchillos son peligrosos, querida y aquél estaba demasiado a la mano.

***

— Quiero denunciar una amenaza de muerte.

— Lo sentimos señorita, esta epístola no menciona en ningún momento que el remitente tenga planes de ejecutar el plan ni se dice que él será el perpetrador del crimen. Esto no es suficiente evidencia para colocar una denuncia.

***

Soñé que esa era la última vez que se te veía.