La lluvia (cuento)

¿Cómo es la lluvia? – interrumpió uno de ellos cuando llegué al punto de mi relato en el que narraba de cómo y cuándo había tomado la decisión de acabar con mi vida.

 

Al mismo tiempo, todos mis compañeros de suplicio volvieron su vista a mí como si hubiese pronunciado una sentencia mesiánica.

 

Entonces, tome conciencia de cuánto tiempo habría de esperar el juicio y la asignación de  la pena eterna, que creo que bien se podría dar por cumplida la condena entera solamente con el antejuicio.

 

“La lluvia” – murmure como queriendo hacer memoria o buscar las palabras adecuadas para satisfacer la ingenua y ávida curiosidad de aquellos desdichados, quienes no lo eran ni en menor, ni en mayor medida que yo.

 

¿Cómo explicarles cómo era la lluvia? La pregunta misma, parecía salida de un universo ajeno al nuestro. ¿Cómo no iban a saber cómo era la lluvia? ¿En qué planeta extraño habían padecido su vida anterior? ¿Qué clase de seres eran aquellos que afirmaban haber sido humanos, pero que en su naturaleza no quedaba vestigios de aquello?

 

¿Cómo diablos explicarles cómo era la lluvia? Yo misma no lo sabía. Yo misma que me ufanaba de mi superior humanidad. Yo que la sentí tantas veces resbalar por mi cuerpo. Yo que me sentí humedecida por su cadenciosa caída. Yo no sabía explicarles cómo era la lluvia.

 

Recordaba haberla temido por primera vez en el vientre de mi madre. La recordaba como la causante de mis más dolorosos accidentes de infancia. La recordaba bañando el árbol de mi abuela, mientras yo cruzaba por la etapa más desdichada de mi vida. La recordaba como mi compañera de soledad, como  testigo silente de mis tristezas, como la burla macabra de mis lágrimas.

 

Estuvo presente siempre. ¿Por qué no habría de recordarla? Por qué no podía hablar de ella con la naturalidad con la que… Ahora que recuerdo… NUNCA lo hice.

 

¿Por qué nunca hable de la lluvia? Fue una fiel compañera. Testigo de mi primer beso inocente con un idiota que seguramente ya no lo recuerda. Guardiana de aquel romance secreto que me llevaría a arrebatos poéticos y a desilusiones trilladas. Celestina del incestuoso acto que me llevó a creer que  el sexo era esa actividad despreciable con la que lejos de amar, se mata. Aliento de mi empresa masoquista y suicida.

 

NO sabía explicar cómo era… ni siquiera qué era la lluvia. Debí cantarle una canción en mi época pre – escolar, redactar un ensayo acerca de ella cuando estaba en la universidad; hablarle de ella a mis estudiantes mientras fui educadora, incluirla en mi poesía; soñar con ella. Pero no, no lo hice, y ¿para qué habría de hacerlo? si era tan cotidiana, ordinaria, inherente a la vida terrestre. Me era tan normal y poco conspicua como lo era la respiración. Ahora me faltaban ambas, y para ser honesta, las echaba de menos.

 

Las miradas de mis compañeros, continuaban puestas en mí. Me veían como si adivinaran mis pensamientos, como si les fuera transparente, como si desde ese momento fuéramos uno solo en el sufrimiento eterno.

 

Las palabras no acudían en mi auxilio. Había tanto que decir sobre la lluvia, pero nada era pronunciable, nada verbalizable, nada decible.

 

“La lluvia” – comencé a decir en un tono más arrebatado que solemne, tratando de abrir el flujo de la conciencia y desnudarme ante aquellos que ahora eran mi familia – “es el agua de la esperanza, la frescura de lo divino sobre la tierra, el compás que marca el ritmo al que nuestros corazones deben latir, la fuente de la vida, la cómplice del amor, la compañera de los tristes. Es como una caricia que cae suave en el rostro del que amas. Es, también, a veces, como la furia de un dios vengativo. Suena como todos los “te amo” del mundo, coreados al unísono. Cala como la reprimenda de una fuerza suprema”

 

Pero para qué continuar, para que seguir hablando de amor, de “te amos” de corazones y de vida, si todo eso nos era ya ajeno. Nada existía en el sitio en el que ahora estábamos. Todo era castigo, todo era dolor y todo, por no haber hablado de la lluvia, en el momento que debimos. 

Rain1+m

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